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Diástole.

Mucho tiempo sin escribir.
Pero no, no voy a hacer promesas vacías de que “ahora sí empieza una etapa prolífica de mi vida en la que escribiré a diario”; creo que todos sabemos que eso nunca pasa: la vida, la chamba, la ciudad y la gente hacen que escribir sea, cada vez más, una labor de entrega, de dedicación y de amor. Y justamente de amor es que se trata este post; de él o de su transitoriedad.

“Pero el amor, esa palabra…” Ay moralista Horacio del capítulo 93 de Rayuela, justo antes de saltar de un lado al otro… ¿Qué sabes tú de un “Amor” como verbo que también es trampa? ¿De ese mismo”Amor” que Cortázar usaba como carnada para tirar anzuelos que mordíamos cuando estábamos hundidos en lo más profundo, sintiéndonos La Maga en París o tú en Buenos Aires, perdidos sin encontrarse?

Y es que esa es la verdad: el Amor es una palabra, Oliveira, un sustantivo; No una búsqueda, no un destino. Una palabra. Nada más.

Desde la última vez que escribí, este Amor me ha pasado por encima. Durísimo. No voy a entrar en detalles porque no creo que los necesiten y mucho menos creo que tenga yo que dárselos, pero el tema es que este Amor, convertido en una relación muy intensa y linda pero complicada, me tuvo más perdido que encontrado y con esa sensación que te deja una canción que ya terminó pero que aún suena, sorda, en el fondo de tu cabeza. Es qué ¿Cómo dos personas que se aman tanto, que son buenas, que brillan cada cuál a su manera, no pueden encontrar la manera de Ser juntos, de usar ese Amor como una escalera o como un puente entre lo que Hay y lo que debería Haber; entre su drama personal y entre sus errores? ¿Cómo no iban a poder, no? ¿…No? ¿¡…NO!?

Bueno, a veces simplemente no pueden.

Darme cuenta de esto me tomó meses, y en el camino tuve que luchar de mil maneras para poder estar bien: hubieron días tristes, días melancólicos, días oscuros y días raros. Pero los más comunes eran esos en los que me cuestioné absolutamente todo lo que ocurrió, tratando de seguir mis pasos de vuelta al momento exacto de la falla colosal, al big bang, al punto de quiebre en donde plantar, cuál Arquímedes, mi palanca para mover el mundo entero y encontrar una solución.

Lamentablemente, aún tras mucho tratar, no lo encontré. Y la razón es sencilla: ¿Qué hace uno si no hay fallas, si no hay errores, si no hay un momento detonante?

A veces la gente sencillamente no funciona junta. A veces las relaciones no encuentran terreno o tiempo en común para crecer. A veces el drama personal puede más que la suma de sus partes y nos dejamos atropellar con los pasados del otro.

Es normal, pasa en el 99% de los casos, y no es culpa de ninguno de los dos. No hay sentencias, ni tampoco malas vibras ni mucho menos ansias asesinas. Solo una cruda verdad que fue la que tuve que aprender, a mis 33 años y tras tantos cambios:

Entrar en una relación es arriesgarse por la felicidad infinita, pero aceptar eso es aceptar que también podría llegar un momento en el que debamos dejarnos ir.

Ahora creo que estoy encontrando un camino de regreso a un lugar mejor, a un providencial punto cero en el que “Amor” no es una X en un mapa de las cosas que se buscan sin saber bien cómo ni dónde.

La X soy yo y estoy empezando a despejarme, a encontrarme.

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