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Sacrificios.

Todo este proceso es un ejercicio de disciplina.

Mi principal problema es que estoy desacostumbrado a las estructuras, a las constantes. La única que reconocí durante toda mi vida fue el hambre, y por eso me resulta más y más extraño no encontrarla en el hueco donde solía acurrucarse durante las noches. Me había acostumbrado a sus pataletas, a sus rasguños y gruñidos de alma en pena; a sus comienzos de eco ronco buscando un oído, golpeando las paredes para hacerse notar.

Pero cuidado, porque esto no es aceptar mi falta de disciplina. Siempre he sido una persona muy metódica para hacer las cosas, pero el hambre es algo aparte… una fuerza centrífuga, hecha a la medida para sacarte de tu punto de balance, compuesta de un una mitad de urgencia, dos tazas de necesidad y unas gotas de lujuria. Ahí cuando no le prestas atención, ese eco ronco se convierte en una revolución impía, un mandamiento imperativo carnal, sordo y necio, incapaz de buscar otra cosa que no sea su propia satisfacción…

Muy a pesar mío, más de una vez hice del hambre mi sacramento, mi peregrinación oscura a donde su voluntad me empujara… fast foods, restaurantes, galletitas, el sandwich triple de las 5… Todas fueron eucaristías terribles donde se multiplicaba, rolliza, la carne de mi carne e intoxicaba de colesterol la sangre de mi sangre. No había hora, no importaba el día… a veces no importaba con qué se saciara… tan solo había que consumir algo, sentirlo deslizándose por la garganta, llenando un sentimiento que muchas veces era la soledad multiplicada de quien quiere gritar sus pecados pero sabe que no hay absolución…

No hay disciplina suficiente que te prepare para eso. No cuando el hambre es un rapto, un ejercicio de locura temporal, de ceguera… Lo peor es el después, el despertar… cuando abres los ojos y te das cuenta de lo que el ocurrió, de lo que te hizo… o te demandó… No hay forma de arrepentimiento, ni vuelta atrás: asumes tu culpa con dedos manchados de pizza familiar,  tu vergüenza de 6 piezas de pollo frito y cargas con eso en tu pesadísima mochila. Una que se funde contigo para hacerte a ti aún más pesado.

No, la disciplina no te prepara para esto. Nada te prepara para esto.

Ahora me encuentro a mí mismo comiendo 5 veces al día. Hambre o no hambre. Empezaron siendo 8, pero las heridas internas han cicatrizado bien y de a pocos voy regresando a horarios normales de alimentación. Aún mi dieta es líquida. Eso no puedo controlarlo, pero lentamente van apareciendo en el menú cremas, frutas y otras cosas que me hacen sentir menos un convaleciente, y más un recuperado.

Recuperado. Recuperarse. Recuperar.

Recuperar la normalidad.

Para alguien que jamás tuvo estructuras en su vida, déjenme decirles que la normalidad se ve bastante bien desde aquí. Solo necesito ejercitar mi disciplina para hacerla más fuerte.

Y hacer de mí mismo alguien más fuerte todavía.

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Orgullo

Es sorprendente lo que el orgullo puede hacer. Debemos ser la única especie que le da al ego tanta importancia como a la muerte: es algo inevitable. Y tarde o temprano (como la muerte) te encuentra y uno debe lidiar con eso.

Yo acepto que esto también lo hago por orgullo, tanto como por salud.

Es que nadie entendería lo que ocurre con tu orgullo cuando estás en esta situación, cuando padeces de obesidad mórbida… Es tan gradual (como la muerte) y empieza tan lentamente que no te das cuenta hasta que ya es muy tarde…
Comienza obligándote a usar ropa cada vez más grande… tú lo racionalizas, pensando en que podrás bajar, que no pasa nada… hasta que de pronto ya no existe ropa de tu tamaño y  te ves obligado a cambiar de tienda, de marca o de estilo.

Ese es el primer puñetazo, pero aún ves la salida cerca.

Luego te das cuenta que la única ropa que hacen en tu talla, es sencillamente horrible. Te acostumbras a vestirte como un payaso, llevando encima tu letra escarlata tamaño XXL mientras algo en tu cabeza te dice que las salidas son pocas, y se van cerrando. Buscas ropa a medida, outlets de fábrica donde tienen tallas grandes que JAMÁS se venderán en cadenas de retail… Y hasta viajas a Estados Unidos, la tierra de la obesidad, en busca de tallas del 40 al 50, del XXXL y empiezas a tomar ESO como normalidad…

Ese es el segundo golpe cruzado a la quijada de tu orgullo. Y no hay forma de racionalizar tu mal humor.

Aquí optas por no salir a calle, si no por lo mínimo necesario. Prefieres quedarte en casa, en pijamas (lo único que te queda) o si tienes que salir, te ves forzado a comprar ropa, pero buscas todo en negro. Por que el “negro adelgaza”, y te engañas pensando que es verdad. Como si de ser payaso de circo, pasaras a vestir tu humor por fuera: conviertes tu letra escarlata en una intención oscura, y empiezas a buscar maneras de ser virtualmente invisble cuando estás en público, porque ya la gente empieza a notarte por tu tamaño, lo que a ti te pone de peor humor.

Y aquí tu orgullo cae a la lona, sangrando, porque cuando llegas a este punto, es literalmente imposible ser invisible. Te vuelves un punto central, un hito del lugar al que perteneces… una referencia que la gente usa cuando da indicaciones…

“Ya, ¿ves a ese gordo ahí parado? Ok, detrás”

Aquí te acostumbras a las miradas, a los chistes malos, a los comentarios en voz baja que terminan en sonrisas o en carcajadas… pero te vuelves todo lo contrario de invisble: un freakshow que busca que lo miren para poder asustar, para poder dar la moraleja de que la vida no está tan mal mientras no seas como él o ella. Y dejas que tu orgullo muera, y te mate.

Pero lo que nadie te dice del orgullo es que no solo es como la muerte; también es como la vida.
Es orgullo lo que te dice que primero digas y después hagas. Es orgullo lo que hace que te muevas cuando estás cansado, que logres más de lo normal, que reacciones ante un reto y que salgas victorioso, listo para callarles la boca a todos los que pensaron que por tener el orgullo herido, debías aguantar la mierda que te tiraban, sin quejarte.

Es orgullo lo que te mantiene vivo. Lo que te hace vivir. Y lo que me sacará bien parado de esto.     

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