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Menospréciame.

Me encanta comer. Quienes me conocen saben que iría a donde sea por un buen plato de comida y por eso me gusta mucho ir a restaurantes.

Pero nada va mejor con la comida que un Maitre que me mira de arriba a abajo como a perro sarnoso cuando le pregunto si tiene mesa para uno en el restaurant famoso de turno. Al parecer mi pecado es haber ido en shorts, polo, gorro y sandalias en medio de los 33 grados de temperatura de este domingo a medio día. Ah, eso y tener 33 años. No puedes tener 33 años y usar shorts y polo en verano para ir a un restaurante. No, la gente de 33 usa camisa y pantalón khaki. Obvio.

Quiero pensar que tengo cara sospechosa y que mis tatuajes no tuvieron nada que ver. Tengo 8 de ellos, 7 de ellos en lugares muy visibles y cada uno de ellos cuenta una historia que me hizo quien soy. Claro, todos dicen eso de sus tatuajes, solo que en mi caso es literalmente cierto. Pero mis tatuajes no podrían haber sido… No, fue mi cara, mi ceño fruncido, mi aire de delincuente. Seguro.

Ok. Digamos que tal vez mis tatuajes, mis chanclas y mis 33 años le hicieron creer a este Maitre que TAL VEZ yo sí sea un perro sarnoso, un pelagatos que no podría comer aquí; no importa que tenga tatuadas frases de Virgilio o de Bernardo de Claraval, cuentos de Salinger o de Poe: tengo tatuajes en los brazos, me visto como chibolo y tengo 33 años pero no uso camisa ni khakis. No puedo ser de fiar. Habría que echarme a la calle.

Lo veo en como me mira y me siento levemente incómodo ¿Habrá sido mi barba? Trato de conservarla bien cuidada, quien me conoce lo sabe. Pero a veces no se puede: a veces una cana -o cien- grita rebelión, creciendo infamemente, y me hace lucir más viejo, más desaliñado o más desafiante. Tatuajes, barba, vestido como niño viejo en un restaurante fino, de esos de plato promedio 65 soles… No, imposible.

Veo al Maitre, suspicaz, luchar contra su impulso de demandar ver mi billetera, de constatar si al menos tengo tarjetas de crédito para pagar mi consumo. No creo que piense que haré la fuga del chacal: soy gordo, no podría escaparme porque mi volumen y mi espantosa capacidad cardio-pulmonar no me permiten correr, menos aún evitar mozos ágiles tratando de atraparme.

Espera ¿Será por eso, porque soy gordo? O sea, tengo 33 años, tengo una barba canosa, soy pelado, gordo, tengo ocho tatuajes y estoy vestido como niño viejo en un restaurante de moda en donde quienes vienen, llegan vestidos como para coctel. Yo no, yo no entro en su esquema, en su estereotipo. El Maitre está nervioso y yo también.

Entonces lo recuerdo. Me acuerdo de todas las veces en que me pusieron un vigilante a cuidarme especialmente a cuando entro a un banco; de lo común que es que la gente cambie de vereda cuando camina en la mía y es de noche; de lo sorprendidos que se quedan algunos clientes de saber que quien les escribe los mails, les habla por teléfono y les soluciona los problemas de marca se ve como me veo yo. Todo viene a mi mente como un caudal, una cascada: las excusas en discotecas para no dejarme pasar, los filtros imaginarios en entrevistas de trabajo, las mil y una maneras decentes de decirte que no cuando en verdad debería ser sí porque tienes todas las habilidades, todo el expertise y toda la experiencia.

La razón no será real nunca, pero sí es muy evidente: me veo (no soy, ojo. Solo me veo) distinto. A ti, a él, a su jefe, al gerente de sistemas o al practicante de publicidad. Me veo como nadie se ve, me visto como ya no debería hacerlo, luzco como una caricatura de alguien de mi edad, dibujada por alguien menor que tampoco se ve como debería verse. Soy un paria, la peste, el espectro que anuncia el fin del mundo decente que funciona en un centro empresarial.

Soy diferente. Y eso les asusta. En especial al Maitre.

Pido mi comida sin mirarlo. Ya no me importa mucho. Me pongo los audífonos y escucho Iván Ferreiro o Death Cab for Cutie. Ignoro a los demás y me concentro en pensar que esto no solo me pasa a mí: yo soy afortunado. A mí solo me discriminan por estas cosas, pero… ¿Y si además, fuera gay? ¿Trans-género? ¿Si fuera mujer? ¿Metalero? ¿Madre soltera? ¿Adulto mayor? ¿Negro? O peor aún… ¿CHOLO?

Dios libre al buen Maitre. Eso sería demasiado. Impensable. Vade retro, Satana. A todos ellos este señor los debe tratar aún peor. Aún peor que esto. No quiero ni imaginarlo.

Termino mi comida sin disfrutarla, entre Slayer y New Order. Pido la cuenta y pago con mi tarjeta de débito. Él Maitre no pasa saliva hasta que el mozo, muy discretamente, le muestra el voucher de mi pago. Yo suelto una evidente sonrisa mientras me despido. No es su culpa ni tampoco del Maitre, pero no por eso les pienso dejar propina.

Me voy a casa con el sentimiento indistinto de que soy un dinosaurio que sobrevivió, un ser de una era equivocada, una sonrisa congelada en medio de la ultima glaciación mundial… Los Millennials y los Z tal vez les demuestren a personas así  que uno es por lo que hace y no por cómo se ve, menos aún por como lo definen. Esa será su chamba.

Yo solo me siento más triste que antes.

Qué viva el Perú.

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