Monthly Archives: January 2014

My head is bloody, but unbowed.

I am the master of my fate; I am the captain of my soul.
William Ernest Henley, Invictus.

Y yo, sonriendo, me rehuso a dejarme morir.
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Orgullo

Es sorprendente lo que el orgullo puede hacer. Debemos ser la única especie que le da al ego tanta importancia como a la muerte: es algo inevitable. Y tarde o temprano (como la muerte) te encuentra y uno debe lidiar con eso.

Yo acepto que esto también lo hago por orgullo, tanto como por salud.

Es que nadie entendería lo que ocurre con tu orgullo cuando estás en esta situación, cuando padeces de obesidad mórbida… Es tan gradual (como la muerte) y empieza tan lentamente que no te das cuenta hasta que ya es muy tarde…
Comienza obligándote a usar ropa cada vez más grande… tú lo racionalizas, pensando en que podrás bajar, que no pasa nada… hasta que de pronto ya no existe ropa de tu tamaño y  te ves obligado a cambiar de tienda, de marca o de estilo.

Ese es el primer puñetazo, pero aún ves la salida cerca.

Luego te das cuenta que la única ropa que hacen en tu talla, es sencillamente horrible. Te acostumbras a vestirte como un payaso, llevando encima tu letra escarlata tamaño XXL mientras algo en tu cabeza te dice que las salidas son pocas, y se van cerrando. Buscas ropa a medida, outlets de fábrica donde tienen tallas grandes que JAMÁS se venderán en cadenas de retail… Y hasta viajas a Estados Unidos, la tierra de la obesidad, en busca de tallas del 40 al 50, del XXXL y empiezas a tomar ESO como normalidad…

Ese es el segundo golpe cruzado a la quijada de tu orgullo. Y no hay forma de racionalizar tu mal humor.

Aquí optas por no salir a calle, si no por lo mínimo necesario. Prefieres quedarte en casa, en pijamas (lo único que te queda) o si tienes que salir, te ves forzado a comprar ropa, pero buscas todo en negro. Por que el “negro adelgaza”, y te engañas pensando que es verdad. Como si de ser payaso de circo, pasaras a vestir tu humor por fuera: conviertes tu letra escarlata en una intención oscura, y empiezas a buscar maneras de ser virtualmente invisble cuando estás en público, porque ya la gente empieza a notarte por tu tamaño, lo que a ti te pone de peor humor.

Y aquí tu orgullo cae a la lona, sangrando, porque cuando llegas a este punto, es literalmente imposible ser invisible. Te vuelves un punto central, un hito del lugar al que perteneces… una referencia que la gente usa cuando da indicaciones…

“Ya, ¿ves a ese gordo ahí parado? Ok, detrás”

Aquí te acostumbras a las miradas, a los chistes malos, a los comentarios en voz baja que terminan en sonrisas o en carcajadas… pero te vuelves todo lo contrario de invisble: un freakshow que busca que lo miren para poder asustar, para poder dar la moraleja de que la vida no está tan mal mientras no seas como él o ella. Y dejas que tu orgullo muera, y te mate.

Pero lo que nadie te dice del orgullo es que no solo es como la muerte; también es como la vida.
Es orgullo lo que te dice que primero digas y después hagas. Es orgullo lo que hace que te muevas cuando estás cansado, que logres más de lo normal, que reacciones ante un reto y que salgas victorioso, listo para callarles la boca a todos los que pensaron que por tener el orgullo herido, debías aguantar la mierda que te tiraban, sin quejarte.

Es orgullo lo que te mantiene vivo. Lo que te hace vivir. Y lo que me sacará bien parado de esto.     

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Independencia

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Desde este momento soy libre e independiente por la voluntad particular que aún me queda y por la justicia que mi vida necesita.

¡Viva todo esto! !Viva la libertad de ser la mejor versión de uno mismo!

¡Viva la independencia!

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Despedida.

Esto no es un blog. Es un ancla, una copia de seguridad, una bóveda. Esto es todo menos un blog. Un blog es una crónica de tu vida común y corriente, y lo que va a pasarme es todo menos común y corriente.

Primero, quiero confesar algo: llevo una vida entera luchando conmigo mismo. Nadie lo sabe porque cada pelea es privada, a puertas cerradas y sin testigos. A veces gano, muchas veces no. Pero siempre, SIEMPRE, termino más golpeado de lo que empecé. Casi siempre, literalmente.

Tras cada pelea, siempre juro que esta será la última vez, que ya no habrá otra más porque ahora me esforzaré para ser la mejor versión de mí que pueda ser… pero no saben lo difícil que es conservar el optimismo cuando tienes tanto enojo dentro…

Enojado.

Esa palabra me describe bien. Siempre he estado enojado. Siempre he estado a punto de estallar y llevarme todo al carajo, de apretar el botón y finalmente dejar que la peor versión de mí mismo se quede con todo. Los que me rodean lo saben bien.

Enojado. Cansado de pelear, de las cartas que me tocaron para jugar, de la gente que te juzga por la portada de tu libro, de la maldita caridad de los que te tratan como si fueras alguna clase de minusválido… de los que creen que por ser cómo eres o verte como te ves, debes aguantar ser un punto de referencia, una broma, la moraleja de un cuento.

Enojado. A punto siempre de quemarme completo, de reventar. Como un cartucho de dinamita encendido por ambos lados por culpa de estos dos Franciscos que pelean entre sí. Pero hoy pongo manos a la obra porque me cansé de enojarme, de pelearme y de perder.

Hola, soy Francisco, tengo 31 años y soy dos personas viviendo en el cuerpo de una.

Soy súper obeso mórbido.

Peso poco más de 150 kilogramos. Mis rodillas están a punto de hacerse polvo, mi insulina es casi seis veces la de una persona normal, mis pulmones funcionan a la mitad de su capacidad porque no tienen espacio para recibir oxígeno, mi corazón es casi 50% más grande que el de una persona común y corriente, soy hipertenso, sufro de apena del sueño severa y mi edad metabólica es la de una persona de 53 años.

Soy dos personas viviendo en un solo cuerpo, literalmente. Soy yo viviendo el doble, al mismo tiempo. Soy yo mismo al cuadrado. Y una de estas personas está matándome. Ese, el que gana casi siempre, el de los malos hábitos. Y lo he dejado ganar durante demasiado tiempo. Lo he dejado enojarse por todas las razones equivocadas, lo he dejado volverse un cáncer. Pero hoy he decido acabar con él.

Voy a quemarlo hasta las cenizas. Voy a sacarlo de mí.

Voy a operarme para poder dejar que el mejor Francisco viva.

Ahórrense sus juicios, sus reproches, sus cantaletas memorizadas, sus “No, no te rindas, tú puedes hacer esto solo“, sus “bah, te rendiste y te vas por lo fácil“ porque ustedes no viven en mí, y no saben lo mucho que me cuesta hacer esto.

Esto no es rendirse, es todo lo contrario.

Pero cuando me hagan la manga gástrica, cuando queme a este Francisco, a este enojo, una parte de mí se irá, y no me reconoceré más durante un tiempo. Me desharé de una mitad de mí, y me miraré al espejo esperando encontrarla, esperando que vuelva a pelear… y no veré ahí más que una cara nueva y una parte quemada. Y aunque la odie, aunque quiera acabar con ella, me hará falta para sentirme completo, porque así es la costumbre.

Por eso necesito esto aquí, un recuerdo de mí mismo para orientarme en el camino. Para recordarme por qué hago esto. Y los necesito a ustedes como testigos, como cómplices. Los necesito para forzarme a seguir adelante, y  me den coartadas elegantes para hacer lo que hago.

Estoy a punto de partir, y no sé qué me deparará el camino. Solo sé que ya quiero llegar.

Y quemar a este bastardo de mierda.