De qué hablo cuando hablo de bailar.

Si hablo de mí, tengo que hablar de mis dos mascotas:

Un perro y un gato.

Primero vino el gato. Lo tengo desde que tenía 11. A él, todo le chupa un huevo: se desparrama en donde puede, esperando que la noche llegue para dormir y despertar al día siguiente a hacer lo mismo.  No es que sea flojo ni esté viejo, solo creo que sencillamente ya no le importa nada en esta vida.

El perro llegó cuando tenía como 19. Él sufre de hiperactividad y es un poco cabrón: corre por toda la casa, se come mis zapatos, muerde los muebles y se mea en todo, desesperado por llamar la atención. Y si no se la doy, ladra y ladra durante toda la noche, manteniéndome despierto y jodiendo hasta que le hago caso.

Lo peor de todo es que mis mascotas se odian entre ellas. Se arrancan el alma en peleas en la cuales destruyen mi casa, sin importarles un carajo.

Mi perro se llama ansiedad severa y mi gato, depresión crónica. Y por ellos, últimamente vivo en una casa en ruinas. Y estoy cansado de hacerlo.

Por eso, desde hace poco, cuando hablo de mí, hablo también de algo más. Algo que es como si alguien pusiera orden en la casa; como si por un momento las puertas no temblaran, los adornos no se rompieran y no se empañaran las ventanas… algo que es temporal, efímero, pero que cuando lo hago, hace que mi casa se sienta nuevamente un hogar.

Pongamos que hablo de bailar.

Salsa

Y aunque mis mascotas nunca van a dejar la casa, por un breve momento, mientras bailo, el gato persigue un ratón, el perro corre en el parque y yo me río un rato.

Lo cuál para esta vieja casa, es la mejor forma de reconstruirse, aunque sea por ratitos.

Ausencias.

Terrible tristeza esta de dormir siempre sobre mi lado derecho porque no consigo que nadie se acostumbre a mi lado siniestro.

With teeth.

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Con amor para quienes piensan que no sé cómo sonreír🙂

Menospréciame.

Me encanta comer. Quienes me conocen saben que iría a donde sea por un buen plato de comida y por eso me gusta mucho ir a restaurantes.

Pero nada va mejor con la comida que un Maitre que me mira de arriba a abajo como a perro sarnoso cuando le pregunto si tiene mesa para uno en el restaurant famoso de turno. Al parecer mi pecado es haber ido en shorts, polo, gorro y sandalias en medio de los 33 grados de temperatura de este domingo a medio día. Ah, eso y tener 33 años. No puedes tener 33 años y usar shorts y polo en verano para ir a un restaurante. No, la gente de 33 usa camisa y pantalón khaki. Obvio.

Quiero pensar que tengo cara sospechosa y que mis tatuajes no tuvieron nada que ver. Tengo 8 de ellos, 7 de ellos en lugares muy visibles y cada uno de ellos cuenta una historia que me hizo quien soy. Claro, todos dicen eso de sus tatuajes, solo que en mi caso es literalmente cierto. Pero mis tatuajes no podrían haber sido… No, fue mi cara, mi ceño fruncido, mi aire de delincuente. Seguro.

Ok. Digamos que tal vez mis tatuajes, mis chanclas y mis 33 años le hicieron creer a este Maitre que TAL VEZ yo sí sea un perro sarnoso, un pelagatos que no podría comer aquí; no importa que tenga tatuadas frases de Virgilio o de Bernardo de Claraval, cuentos de Salinger o de Poe: tengo tatuajes en los brazos, me visto como chibolo y tengo 33 años pero no uso camisa ni khakis. No puedo ser de fiar. Habría que echarme a la calle.

Lo veo en como me mira y me siento levemente incómodo ¿Habrá sido mi barba? Trato de conservarla bien cuidada, quien me conoce lo sabe. Pero a veces no se puede: a veces una cana -o cien- grita rebelión, creciendo infamemente, y me hace lucir más viejo, más desaliñado o más desafiante. Tatuajes, barba, vestido como niño viejo en un restaurante fino, de esos de plato promedio 65 soles… No, imposible.

Veo al Maitre, suspicaz, luchar contra su impulso de demandar ver mi billetera, de constatar si al menos tengo tarjetas de crédito para pagar mi consumo. No creo que piense que haré la fuga del chacal: soy gordo, no podría escaparme porque mi volumen y mi espantosa capacidad cardio-pulmonar no me permiten correr, menos aún evitar mozos ágiles tratando de atraparme.

Espera ¿Será por eso, porque soy gordo? O sea, tengo 33 años, tengo una barba canosa, soy pelado, gordo, tengo ocho tatuajes y estoy vestido como niño viejo en un restaurante de moda en donde quienes vienen, llegan vestidos como para coctel. Yo no, yo no entro en su esquema, en su estereotipo. El Maitre está nervioso y yo también.

Entonces lo recuerdo. Me acuerdo de todas las veces en que me pusieron un vigilante a cuidarme especialmente a cuando entro a un banco; de lo común que es que la gente cambie de vereda cuando camina en la mía y es de noche; de lo sorprendidos que se quedan algunos clientes de saber que quien les escribe los mails, les habla por teléfono y les soluciona los problemas de marca se ve como me veo yo. Todo viene a mi mente como un caudal, una cascada: las excusas en discotecas para no dejarme pasar, los filtros imaginarios en entrevistas de trabajo, las mil y una maneras decentes de decirte que no cuando en verdad debería ser sí porque tienes todas las habilidades, todo el expertise y toda la experiencia.

La razón no será real nunca, pero sí es muy evidente: me veo (no soy, ojo. Solo me veo) distinto. A ti, a él, a su jefe, al gerente de sistemas o al practicante de publicidad. Me veo como nadie se ve, me visto como ya no debería hacerlo, luzco como una caricatura de alguien de mi edad, dibujada por alguien menor que tampoco se ve como debería verse. Soy un paria, la peste, el espectro que anuncia el fin del mundo decente que funciona en un centro empresarial.

Soy diferente. Y eso les asusta. En especial al Maitre.

Pido mi comida sin mirarlo. Ya no me importa mucho. Me pongo los audífonos y escucho Iván Ferreiro o Death Cab for Cutie. Ignoro a los demás y me concentro en pensar que esto no solo me pasa a mí: yo soy afortunado. A mí solo me discriminan por estas cosas, pero… ¿Y si además, fuera gay? ¿Trans-género? ¿Si fuera mujer? ¿Metalero? ¿Madre soltera? ¿Adulto mayor? ¿Negro? O peor aún… ¿CHOLO?

Dios libre al buen Maitre. Eso sería demasiado. Impensable. Vade retro, Satana. A todos ellos este señor los debe tratar aún peor. Aún peor que esto. No quiero ni imaginarlo.

Termino mi comida sin disfrutarla, entre Slayer y New Order. Pido la cuenta y pago con mi tarjeta de débito. Él Maitre no pasa saliva hasta que el mozo, muy discretamente, le muestra el voucher de mi pago. Yo suelto una evidente sonrisa mientras me despido. No es su culpa ni tampoco del Maitre, pero no por eso les pienso dejar propina.

Me voy a casa con el sentimiento indistinto de que soy un dinosaurio que sobrevivió, un ser de una era equivocada, una sonrisa congelada en medio de la ultima glaciación mundial… Los Millennials y los Z tal vez les demuestren a personas así  que uno es por lo que hace y no por cómo se ve, menos aún por como lo definen. Esa será su chamba.

Yo solo me siento más triste que antes.

Qué viva el Perú.

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Diástole.

Mucho tiempo sin escribir.
Pero no, no voy a hacer promesas vacías de que “ahora sí empieza una etapa prolífica de mi vida en la que escribiré a diario”; creo que todos sabemos que eso nunca pasa: la vida, la chamba, la ciudad y la gente hacen que escribir sea, cada vez más, una labor de entrega, de dedicación y de amor. Y justamente de amor es que se trata este post; de él o de su transitoriedad.

“Pero el amor, esa palabra…” Ay moralista Horacio del capítulo 93 de Rayuela, justo antes de saltar de un lado al otro… ¿Qué sabes tú de un “Amor” como verbo que también es trampa? ¿De ese mismo”Amor” que Cortázar usaba como carnada para tirar anzuelos que mordíamos cuando estábamos hundidos en lo más profundo, sintiéndonos La Maga en París o tú en Buenos Aires, perdidos sin encontrarse?

Y es que esa es la verdad: el Amor es una palabra, Oliveira, un sustantivo; No una búsqueda, no un destino. Una palabra. Nada más.

Desde la última vez que escribí, este Amor me ha pasado por encima. Durísimo. No voy a entrar en detalles porque no creo que los necesiten y mucho menos creo que tenga yo que dárselos, pero el tema es que este Amor, convertido en una relación muy intensa y linda pero complicada, me tuvo más perdido que encontrado y con esa sensación que te deja una canción que ya terminó pero que aún suena, sorda, en el fondo de tu cabeza. Es qué ¿Cómo dos personas que se aman tanto, que son buenas, que brillan cada cuál a su manera, no pueden encontrar la manera de Ser juntos, de usar ese Amor como una escalera o como un puente entre lo que Hay y lo que debería Haber; entre su drama personal y entre sus errores? ¿Cómo no iban a poder, no? ¿…No? ¿¡…NO!?

Bueno, a veces simplemente no pueden.

Darme cuenta de esto me tomó meses, y en el camino tuve que luchar de mil maneras para poder estar bien: hubieron días tristes, días melancólicos, días oscuros y días raros. Pero los más comunes eran esos en los que me cuestioné absolutamente todo lo que ocurrió, tratando de seguir mis pasos de vuelta al momento exacto de la falla colosal, al big bang, al punto de quiebre en donde plantar, cuál Arquímedes, mi palanca para mover el mundo entero y encontrar una solución.

Lamentablemente, aún tras mucho tratar, no lo encontré. Y la razón es sencilla: ¿Qué hace uno si no hay fallas, si no hay errores, si no hay un momento detonante?

A veces la gente sencillamente no funciona junta. A veces las relaciones no encuentran terreno o tiempo en común para crecer. A veces el drama personal puede más que la suma de sus partes y nos dejamos atropellar con los pasados del otro.

Es normal, pasa en el 99% de los casos, y no es culpa de ninguno de los dos. No hay sentencias, ni tampoco malas vibras ni mucho menos ansias asesinas. Solo una cruda verdad que fue la que tuve que aprender, a mis 33 años y tras tantos cambios:

Entrar en una relación es arriesgarse por la felicidad infinita, pero aceptar eso es aceptar que también podría llegar un momento en el que debamos dejarnos ir.

Ahora creo que estoy encontrando un camino de regreso a un lugar mejor, a un providencial punto cero en el que “Amor” no es una X en un mapa de las cosas que se buscan sin saber bien cómo ni dónde.

La X soy yo y estoy empezando a despejarme, a encontrarme.

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Asfixias.

Deberíamos despedirte con zarzuelas y buenas historias, con un par de vinos y chistes viejos, de los que te sabías mil.

Todo este luto no nos deja respirar. Y respirar es lo único que nos queda para controlar el pánico de no saber que hacer sin ti.

El oscuro de Éfeso.

Ha pasado mucho desde que actualicé este blog.

Ha pasado tanto, que es mejor explicarlo con imágenes.

Heráclito estaría orgulloso.

“Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña.”

(No serán mis mejores fotos, pero creo que sirven para explicar que ha pasado en todo este tiempo)

 

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Sacrificios.

Todo este proceso es un ejercicio de disciplina.

Mi principal problema es que estoy desacostumbrado a las estructuras, a las constantes. La única que reconocí durante toda mi vida fue el hambre, y por eso me resulta más y más extraño no encontrarla en el hueco donde solía acurrucarse durante las noches. Me había acostumbrado a sus pataletas, a sus rasguños y gruñidos de alma en pena; a sus comienzos de eco ronco buscando un oído, golpeando las paredes para hacerse notar.

Pero cuidado, porque esto no es aceptar mi falta de disciplina. Siempre he sido una persona muy metódica para hacer las cosas, pero el hambre es algo aparte… una fuerza centrífuga, hecha a la medida para sacarte de tu punto de balance, compuesta de un una mitad de urgencia, dos tazas de necesidad y unas gotas de lujuria. Ahí cuando no le prestas atención, ese eco ronco se convierte en una revolución impía, un mandamiento imperativo carnal, sordo y necio, incapaz de buscar otra cosa que no sea su propia satisfacción…

Muy a pesar mío, más de una vez hice del hambre mi sacramento, mi peregrinación oscura a donde su voluntad me empujara… fast foods, restaurantes, galletitas, el sandwich triple de las 5… Todas fueron eucaristías terribles donde se multiplicaba, rolliza, la carne de mi carne e intoxicaba de colesterol la sangre de mi sangre. No había hora, no importaba el día… a veces no importaba con qué se saciara… tan solo había que consumir algo, sentirlo deslizándose por la garganta, llenando un sentimiento que muchas veces era la soledad multiplicada de quien quiere gritar sus pecados pero sabe que no hay absolución…

No hay disciplina suficiente que te prepare para eso. No cuando el hambre es un rapto, un ejercicio de locura temporal, de ceguera… Lo peor es el después, el despertar… cuando abres los ojos y te das cuenta de lo que el ocurrió, de lo que te hizo… o te demandó… No hay forma de arrepentimiento, ni vuelta atrás: asumes tu culpa con dedos manchados de pizza familiar,  tu vergüenza de 6 piezas de pollo frito y cargas con eso en tu pesadísima mochila. Una que se funde contigo para hacerte a ti aún más pesado.

No, la disciplina no te prepara para esto. Nada te prepara para esto.

Ahora me encuentro a mí mismo comiendo 5 veces al día. Hambre o no hambre. Empezaron siendo 8, pero las heridas internas han cicatrizado bien y de a pocos voy regresando a horarios normales de alimentación. Aún mi dieta es líquida. Eso no puedo controlarlo, pero lentamente van apareciendo en el menú cremas, frutas y otras cosas que me hacen sentir menos un convaleciente, y más un recuperado.

Recuperado. Recuperarse. Recuperar.

Recuperar la normalidad.

Para alguien que jamás tuvo estructuras en su vida, déjenme decirles que la normalidad se ve bastante bien desde aquí. Solo necesito ejercitar mi disciplina para hacerla más fuerte.

Y hacer de mí mismo alguien más fuerte todavía.

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14

Han pasado casi 5 días desde la cirugía.

Recuerdo que fueron por mí un lunes bien temprano. Deberían ser las seis de la mañana, y habían sombras difusas de enfermeras y doctores recortadas contra el ruido nuboso que es la inconsciencia de la madrugada. Antes de que pudiera protestar, ya estaba subido en una camilla y camino al quirófano, sin más atavío que una bata de algodón crudo sobre mi cuerpo desnudo.

Recuerdo también un doctor sonriente, entre una plétora de otros doctores sonrientes, más pequeños. Este me decía que respirara tranquilo porque todo saldría bien, y los otros doctores, guiados por sus sabias palabras, prendían máquinas y activaban switches mientras yo seguía ahí, desnudo con mi bata de algodón.

Recuerdo que me pusieron una máscara plástica sobre la nariz. En el cielo conté 12 luces amarillas y duras, como soles en miniatura a punto de apagarse en un abrir y cerrar de ojos. Una voz me pidió que contara hasta diez, pero no recuerdo mi boca moverse más allá del 3.

Luego recuerdo despertar. La sala vacía, la enfermera/novicia pidiéndome que respire normal. Como si normal tuviera algo que ver aquí. Su imagen se mezcla con el recuerdo del doctor sonriente y con la vieja memoria de un poster ochentero que pedía silencio en cada hospital de la nación.

Recuerdo respirar, como si respirar fuera mi único propósito en la vida.

Y luego recuerdo despertar. Recuerdo la incomodidad, el dolor abdominal, la hinchazón. Recuerdo la vía intravenosa trepando por mi brazo como una enredadera devorando un muro. Recuerdo los gases, el hipo, la morfina golpeándome en olas suaves y relajantes, meciéndome de a pocos en una cama que a veces era escritorio y a veces era tablero de dibujo. Recuerdo los ojos mirándome, y me recuerdo a mí mismo descubriendo la fragilidad de mi condición, para maravilla de todos los que me fueron a visitar.

Recuerdo todo esto, que no es mucho. Pero lo que más recuerdo es que hace 5 días pesaba 14 kilos más. Y la verdad, prefiero estos recuerdos incompletos  a la anterior versión de mí mismo.

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My head is bloody, but unbowed.

I am the master of my fate; I am the captain of my soul.
William Ernest Henley, Invictus.

Y yo, sonriendo, me rehuso a dejarme morir.
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